Cementerio Municipal de Chetumal, Quintana Roo

Este pequeño cementerio de la ciudad de Chetumal es relativamente muy reciente, datando las primeras tumbas de la década de los 40’s del siglo pasado.  La historia de este cementerio puede trazarse como sigue:

Desde la fundación de Payo Obispo en 1898 hasta ciudad Chetumal a partir de 1936, el poblado paulatinamente se fue dotando de los servicios que toda población requería. Como toda urbe en crecimiento, se requirió de un espacio apropiado que resolviera las necesidades higiénicas y sanitarias de la misma como son los panteones o cementerios. Según versiones de pobladores fundadores, el primer predio que se usó como panteón estuvo ubicado en la calle 5 de mayo entre 22 de enero y Othón P. Blanco, hay poca constancia respecto a esto; otras fuentes manifiestan que cerca de la aldea “Pocitos” donde actualmente se encuentra parte del Boulevard Bahía también funcionó otro; tal vez estos terrenos fueron habilitados como cementerios por parte de aquellos primeros pobladores ante la falta de uno en forma oficial. Por historia oral de algunos habitantes se llegó a saber que el primer panteón o lugar usado para sepultar a los difuntos estuvo en la parte baja de la localidad. El lugar que la historia local señala fidedignamente es el cementerio que estuvo al inicio en la calle 16 de Septiembre entre la calle Centenario (Lázaro Cárdenas) y Héroes de Chapultepec (frente al Hotel Los Cocos).

Al irse conformando y planificando con mayor regularidad y urbanización Chetumal, ese viejo y desaparecido panteón se trasladó a otro espacio entonces más amplio, el actual Cementerio Municipal de Chetumal. La entrada la ubicaron sobre la avenida Chapultepec. El área era un lugar pedregoso, para abrir las fosas, había que utilizar dinamita; las tumbas se excavaban el mismo día cuando se registraba el deceso de algún poblador; no habían funerarias, salas de velatorio o féretros listos.

El panteón civil como fue su denominación durante largos años ahora con la categoría de municipalidad ha sufrido cambios; en un principio su acceso estuvo sobre la calle Chapultepec en la esquina oriente de ese santuario del silencio. Después por razones de espacio se clausura esa entrada y se abrió otra en la parte media sobre la misma arteria, como todo servicio fue creciendo y adentrándose a la modernización y urbanización capitalina sobre todo ésta se intensifica cuándo la entidad se convirtió en estado y aquella primera delegación de gobierno pasa a ser del municipio capitalino el nombre de Payo Obispo como se distinguía a la que fue delegación de gobierno, se transformó en e l municipio como hasta hoy lo es : Othón P. Blanco.

El cementerio está dividido en 24 manzanas o zonas, siendo la última donde se encuentran las criptas más antiguas que fueron trasladadas del antiguo cementerio. Actualmente cuenta con 4,500 tumbas y 350 osarios. En su interior hay una capilla que fue construida por los trabajadores del mismo panteón con recursos municipales. Las primeras tumbas  se colocaron en el área central, a lado de la puerta que da a la calle Chapultepec; el terreno a un costado –y alejado de las tumbas- estaría la fosa común y que ahora ya está poblado de tumbas más recientes. Antiguamente había una zona destinada a las tumbas de los niños.

Llama la atención una tumba que destaca de entre todas tanto por el material con que fue elaborada la lápida, la fecha de defunción, el nombre del difunto y  hasta en el diseño. Ésta lápida se encuentra en una zona que estaba destinada a ser “fosa común”; la fecha de defunción corresponde a mayo 17 de 1906 y probablemente se trate de un traslado de restos del antiguo cementerio que existió en el terreno frente al Hotel Los Cocos, donde se encontraba la desaparecida Plaza Baroudi.

Entre las tumbas antiguas la mayoría de las lápidas se corresponde a gente que vino de Libia, Líbano, Mérida y Belice (antes Honduras Británica) y las fechas de defunción en las más antiguas están fechadas entre 1941 y 1966.

A pesar de que no existe un registro de la fecha en que empezó a funcionar el panteón civil, algunos afirman que fue en el año de 1937, pero de lo que si hay certeza, es de que inició operaciones durante el período de gobierno del Gral. Rafael E. Melgar (1935-1940).

Al trasladarse el viejo panteón muchos restos empezaron a ser exhumados del ya no tan funcional panteón para ser trasladados al nuevo camposanto actual, fue un proceso que culminó a mediados de los años cuarenta del siglo pasado.

Así en el cementerio descansan los restos de la mayoría de hombres y mujeres que forjaron el terruño y fueron actores de la transición histórica de esta población desde su génesis; también es la morada de aquellos cuyas acciones quedaron como lecciones cívicas para las actuales generaciones; bajo sus lápidas yacen la mayoría de los primeros avecindados y pioneros de esta población; descansando eternamente se encuentran aquellos avezados hombres visionarios que defendieron la integridad de la entidad cuando fue desmembrada injustificadamente en 1931 entre los estados de Yucatán y Campeche: La mayoría de los que en verdad fueron los miembros del Comité Pro-Territorio a excepción del Dr. Enrique Barocio Barrios y Belisario Pérez Falcón, quienes presidieron en su momento ese valeroso comité; son también habitantes de ese lugar aquellos servidores públicos que por ir a auxiliar a nuestros hermanos del vecino país de Belice perecieron en un trágico accidente sin haber podido cumplir su cometido; las víctimas inocentes de la furia del huracán “Janet” y muchos otros preclaros ciudadanos cuyas acciones dejaron rastros imborrables en nuestra historia local como el marino de la Armada Juan Martínez Rivera quien falleció de manera heroica el 16 de febrero de 1951 en el intento de salvarle la vida al teniente de esa corporación Iván de Jesús Santos Medina y Don Abel Espinoza quien también ofreció su vida al proteger una niña que descuidadamente o imprudentemente se atravesó ante al paso de un camión durante la visita que realizara el Lic. Adolfo López Mateos a esta capital.

Entre las tumbas más significativas que posee este bonito cementerio se encuentran las siguientes, las cuales tienen increíbles historias:

UNA HÉLICE, UN RECUERDO.- Es la tumba que rememora a los pilotos de la Fuerza Aérea Mexicana, Juan Sosa Martínez y Gilberto Hernández Vega; así como al mecánico de aviación José Magaña Sánchez. En ese avión también iban el sacerdote  José Fuentes Castellanos, los  médicos Ramón Mendoza Vega y Enrique Paredes Aguilar, además del profesor de educación física José Sevilla Serdán. Todos ellos acudieron al auxilio de la ciudad de Belice que fue devastada por el huracán “Hattie”. Su avión despegó del aeropuerto de Chetumal el 31 de octubre de 1961 pero jamás regresó. Ocho años después, el 3 de abril de 1969, un campesino que cazaba a 150 metros de la carretera Chetumal-Belice encontró los restos de la nave con sus siete ocupantes muertos. Destaca esta peculiar tumba porque en lo alto fue colocado un motor del avión. 

En 1961 el huracán "Hattie" golpeó las costas de Belice, Honduras y Guatemala, donde cobró la vida de 319 personas. Era categoría cinco en la escala Saffir-Simpson y se abatió sobre gran parte de América Central durante seis días. "Pegaba duro el ciclón y había mucha gente damnificada en Belice. Entonces, un grupo de chetumaleños, militares, médicos y un sacerdote, se enfilaron para allá, en un avión, con la intención de apoyar a la gente que estaba batallando y que necesitaba la ayuda", relató Rubén Hernández Contreras, auxiliar administrativo del camposanto. Eran siete los pasajeros que abordaron un monomotor con igual número de plazas, cargado además con avíos para primeros auxilios, agua y algunos víveres. Lo que cupo en la aeronave: Teniente de Fragata, Juan Sosa Martínez; Subteniente Gilberto Hernández Vega; Sargento Primero Mecánico de Aviación, José Magaña Sánchez; Presbítero José Fuentes Castellanos; médicos Ramón Mendoza Vega y Enrique Paredes Águila, y el Profesor José Sevilla Serdán. Nadie sabe cuántos viajes realizaron para auxiliar a la gente de Belice en desgracia, pero en una de sus incursiones, el 31 de octubre, desafiando el clima hostil se desplomó la avioneta sobre aguas del río Hondo. "Tardaron una semana buscándolos y ya lo único que encontraron fueron los restos de cinco de los siete tripulantes. Del avión sólo hallaron la hélice en el fondo del río. Es esa, la que pusieron arriba de la tumba. La hélice de la aeronave, que hoy decora la tumba de estos héroes, es el único testimonio de la hazaña de gente valerosa y de enorme corazón, gente de Chetumal.

LA TUMBA DEL SUBTENIENTE LÓPEZ.-  Aquí se encuentra un monumento en el que puede leerse: “A los leales del 17 de abril de 1924. Subteniente Rosalino López, cabo Justo Martínez, soldado Urbano Ubaldo”.  Hoy sabemos que “Subteniente López” es el nombre de la población fronteriza que colinda con su contraparte beliceña de Santa Elena. El subteniente López, es decir Rosalino López, fue un militar oriundo de Payo Obispo (hoy Chetumal) quien se mantuvo leal al presidente Alvaro Obregón durante la revuelta Delahuertista que convulsionó a México a partir de  1923. Rosalino López y las otras dos personas fueron fusiladas en el antiguo panteón de Chetumal. En 1936 el gobierno del general Lázaro Cárdenas impuso su nombre a la parte mexicana de Santa Elena y, en diciembre de 1948, el gobernador del Territorio, Margarito Ramírez, levantó esta columna en su memoria.

LA NIÑA DEL TACO.- En el panteón de Chetumal sobresale la tumba de quien todos conocen simplemente como “La niña del taco”. Su nombre fue María del Carmen Rodríguez León, quien según los datos inscritos en su capilla nació un 25 de octubre de 1957 y falleció un 21 de junio de 1959. Sin aún haber cumplido los dos años de edad, María del Carmen se atragantó con un taco que degustaba, provocándole asfixia y con ello la muerte. La tumba de “La niña del taco” llama la atención no sólo por la historia – ya de por si dramática – sino porque sus familiares mandaron hacer una imagen de la pequeña María del Carmen… ¡CON EL TACO EN LA MANO!.

EL SOLDADO DECAPITADO.- Aquí se encuentra el cuerpo de José Higinio Merced Franco, originario de Celaya, Guanajuato, cabo del Ejército Mexicano, quien se encontraba en la capital de Quintana Roo cuando en la madrugada del 28 de septiembre de 1955, tras el paso del histórico huracán “Janet”, los vientos elevaron por los aires una filosa lámina que infortunadamente se fue sobre la humanidad del joven militar (de 30 años) perdiendo la vida instantáneamente. Sobre esta historia sentó sus bases una leyenda que aseguraba que la lámina llegó a tal velocidad que el cuerpo del hombre siguió corriendo ya sin la cabeza, lo cual evidentemente fue un mito. La cabeza del militar fue hallada tres días después de haberse rescatado el cuerpo. José Higinio Merced Franco formó parte de un grupo de 87 víctimas que oficialmente perdieron la vida con el paso del huracán “Janet”.

 LAS VICTIMAS DEL JANET.- Hace dos años, en septiembre de 2005, durante la conmemoración del 50 aniversario del paso del huracán “Janet”, se levantó este mausoleo para rendir un homenaje a las víctimas de tan recordado suceso causante de la peor tragedia ocurrida a Quintana Roo. Aquí se pueden leer los nombres de algunas víctimas, y la letra de la canción “Leyenda de Chetumal”, de la autoría del compositor chetumaleño Carlos Gómez Barrera (+), que habla precisamente de la tragedia y de la forma en que la ciudad resurgió gracias al coraje y la fe de su pueblo.

Fuentes Bibliográficas:



























































































































































































































































3 comentarios:

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